TRENES
Mi infancia, entre otras cosas: estuvo marcada por los trenes. Por circunstancias familiares estuve rodeado de ellos. Mi amado tío Enrique era capataz, -o gerente, como se le diría hoy-, de la contrata de limpieza de los trenes de la estación de Cádiz. Bellísima estación, prima hermana de la de Atocha, y hoy esperando un digno nuevo destino. Pues en esos nostálgicos andenes; un andén siempre evoca nostalgia, yo jugué y corretee desde muy, muy pequeño. Mi tío o mi madrina que también trabajaba en esa contrata, me subían a aquellos vetustos vagones, y mientras mi madrina y el resto de las señoras de la limpieza hacían alegres su trabajo entre:
¡Adiós señor buen viaje!
¡Adiós que lo pase bien!
O
!Ojos verdes, verdes coomo la albahaca!
¡Verdes como el trigo verde!
La banda sonora la ponía doña Cocha Piquer, reina por entonces de las ondas radiofónicas y escenarios de medio mundo, yo escudriñaba por aquellos departamentos aun con olor a humanidad de los pasajeros recién llegados de quien sabe donde; Madrid, Córdoba, Sevilla, en busca de algún TBO olvidado por un pequeño viajero. El tren arrancaba camino de la Segunda Aguada –hoy le da nombre a un barrio gaditano- nada, seria kilómetro y medio o dos como máximo, pero para mi, aquel trayecto era un viaje fantástico a donde mi mente infantil me llevara. Poco después el primer viaje real fue acompañando a mi madrina a Córdoba para ver a mis tíos y primos, también ferroviarios. Aun tengo presente algunos recuerdos de entonces, aquella tortuga que tenia mi tía Ramona en su casa y que casi siempre desaparecía, seguramente por mi visita. Vivían en unos pabellones para los trabajadores de Renfe, a orillas de la estación de aquella ciudad, en la avenida de Américas, hoy desaparecidos y convertido en una enorme avenida en cuyo subsuelo alberga la mole y fea estación actual, o de como me descubrió mi primo Paco los secretos y leyendas de la deslumbrante Mezquita.
Después siguieron otros viajes, mi primer viaje a Madrid para buscarme la vida como actor, el hambre que pasé y los amigos que hice en aquel recorrido frustrado por el servicio militar, y durante este, otro recorrido, el de Cádiz-La Parra en el primer ferrobús de las siete de la mañana y que cogía a tiempo, gracias al amor y celo de mi buen padre, conocedor de que, de no cogerlo, me podía buscar un calabozo. Un segundo viaje a Madrid con una Legionaria asida a mi, luego Cádiz y ya a Barcelona, y viaje triunfante de regreso. Y a este, le siguieron otros, y más, muchos, quizá demasiados por la geografía española hasta que llego un momento que fue necesario ponerle alas a los trenes y vinieron viajes a ambas Américas.
Mi vida se convirtió en un ir y venir, hoy aquí, mañana allí, y pasado ya veríamos, a veces con ganas e ilusión y otras para, de alguna manera llenar la nevera porque aquellos trenes, aquellos aviones, aquellos viajes eran fundamentalmente –aunque a veces una excusa- por motivos de trabajo, y luego se convertían al mismo tiempo en disfrute de aquellos lugares que visitaba.
Definitivamente, aquellos trenes de mi infancia me marcaron, mucho, y para siempre. Lo que me pregunto ahora, pasado el tiempo… ¿Que hubiera sido de mi vida si aquella primera vez me hubiera negado a subirme a aquel tren? Seguramente, mi vida sin trenes, hubiese sido… otra vida.
A mi primo Paco Cosano Rivero, èl sabe porque.
Ramon Rivero
Tunez, Enero 2014


